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Escrito por Comandante Pablo Beltrán

 

 

En tiempos de incertidumbre, como los que conlleva un cambio de gobierno, hay voces contaminantes que trabajan para enrarecer el ambiente más de lo que ya está.

 

Esas voces, que susurran a la gente supuestamente bien informada, responden, en el caso de los procesos de paz, a la agenda guerrerista que busca entorpecer el enorme esfuerzo que la sociedad colombiana está haciendo para poner las bases de un futuro en el que la violencia esté excluida de la política y en el que la equidad y la justicia sean los pilares de un futuro aún lejano pero para el que ya algunos estamos trabajando.

 

Mará Isabel Rueda es de esas opinadoras que presume de estar bien informada y no oculta ni sus simpatías ni sus odios. Pero las voces que le susurran ni le dan toda la información ni la que le entregan es bienintencionada. Y ella… ella hace de altavoz cualificado.

 

En su última columna en el medio del multimillonario Luis Carlos Sarmiento, “Regalo envenenado”, es ella la que trata de envenenar el ya difícil esfuerzo de los diálogos de paz. Haciendo lectura inversa, quien dedica tantas palabras a demonizar la solución política al conflicto armado debe estar de acuerdo con que la guerra siga ensangrentando el país en que ella no habita: el rural, el excluido, el que lucha por existir a pesar de que en Bogotá, algunas élites, crean que es prescindible, eliminable.

 

Para ella, un acuerdo entre el Gobierno y el ELN respecto a un nuevo cese al fuego bilateral, temporal y nacional sería un “regalo envenenado” para el próximo Gobierno; al igual que le parece terrible que el Gobierno haga caso a las consultas ambientales o que se desarrolle un diálogo nacional sobre la política minero energética.

 

Las voces que le susurran, le mienten. El ELN, al igual que en el anterior cese al fuego temporal, plantea uno nuevo de mayor calidad. Y claro que nos comprometemos a no hacer retenciones para fines económicos y a no atacar la infraestructura. Pero los acuerdos son de dos partes y es el Gobierno el que tiene problemas para aceptar lo que ya es parte de la legislación colombiana (el Derecho Internacional Humanitario, por ejemplo) o el que tiene miedo a generar un marco de participación de la sociedad en la construcción de paz que, por cierto, es el punto uno de la agenda acordada en marzo de 2016.

 

En su lógica guerrerista, de vencedores y vencidos, en la actual delegación de diálogos del Gobierno los hay “flojos” –los dispuestos a llegar a acuerdos con el ELN- y los hay “duros” –imaginamos que son los destinados a hacer rendir al ELN-. Ahí queda todo dicho.

 

Respetamos el pensamiento de la periodista, pero lamentamos que María Isabel Rueda contamine intencionalmente a la opinión pública y siga extendiendo el imaginario de que negociar es de “flojos”. A diferencia de ella, el Ejército de Liberación Nacional cree en la salida política al conflicto y cree profundamente en las posibilidades de futuro de Colombia. Por eso, estamos en una Mesa de Diálogos y por eso vamos a seguir en ella, esté quien esté en el Gobierno y envenene quien envenene a la opinión pública.

 

Las élites para quien escribe Rueda nunca han entendido que de nada sirve que desaparezcamos estas guerrillas si no permiten las transformaciones que saquen a Colombia del tercer puesto mundial de la desigualdad (sólo por debajo de Haití y Angola), o del primer puesto latinoamericano de la concentración de tierras, o de la terrible lista en la que compartimos espacio con Siria respecto a desplazamiento interno, o de la penosa realidad que hace que nuestros compatriotas, en toda su vida, sólo pasen una media de siete años en el sistema educativo, o que eviten que, como denuncia la OCDE, una familia pobre colombiana necesite 11 generaciones y toda la suerte del mundo para alcanzar el ya pírrico ingreso promedio del país…

 

Todo lo anterior no parece preocupar a María Isabel Rueda. A las mujeres y hombres del ELN sí nos preocupa. Esa es la razón de nuestra existencia y de nuestra resistencia. Pero, queremos presuponer que la articulista también anhela una Colombia en paz, así que la invitamos a que relea al padre Camilo Torres y que siga su consejo: “Insistamos en lo que nos une y prescindamos de lo que nos separa”. Señora Rueda, piense en ello y piense en qué nos une. Le aseguramos que le sorprenderá el resultado y podrá reconocernos como unos compatriotas con los que el diálogo es más viable que la guerra.

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